La Plaza Mayor de Madrid, uno de los enclaves más reconocibles del centro histórico, guarda entre sus soportales y balcones una serie de historias menos conocidas que revelan la riqueza de su pasado. Más allá de ser punto de encuentro de turistas y vecinos, este espacio ha sido escenario de episodios singulares que, en muchos casos, han quedado ocultos entre documentos antiguos y relatos populares. Explorar esos detalles permite redescubrir la plaza como un lugar vivo en el que la historia de la ciudad sigue latente.
Los orígenes históricos de la emblemática plaza
El actual trazado de la Plaza Mayor comenzó a tomar forma a comienzos del siglo XVII, durante el reinado de Felipe III, aunque su esencia se remonta a la antigua Plaza del Arrabal, donde los comerciantes se reunían para ofrecer sus productos. El proyecto, encargado al arquitecto Juan Gómez de Mora, buscó ordenar ese terreno irregular y convertirlo en un espacio representativo del poder real y del auge económico de la villa. Aquella transformación marcó un punto de inflexión en la configuración del Madrid barroco.
A lo largo de los siglos, la plaza fue testigo de celebraciones públicas, autos de fe, mercados y festejos taurinos que congregaban a toda la ciudad. Las crónicas de la época describen un espacio cambiante, donde el polvo de las corridas de toros se mezclaba con los aromas de los puestos de especias y frutas. Hoy en día, esas huellas pueden percibirse en los nombres de los accesos y en las historias que los vecinos del barrio de Sol mantienen vivas entre generaciones.
Sin embargo, no todo ha sido esplendor. La Plaza Mayor sufrió tres grandes incendios —el más grave en 1790— que obligaron a reconstruirla casi por completo. Fue entonces cuando intervino Juan de Villanueva, quien propuso un diseño más sobrio y homogéneo, con tejados inclinados y torres coronadas por chapiteles. Esta versión, la que conocemos en la actualidad, consolidó el carácter cerrado y armónico que distingue a este espacio único del Casco Histórico madrileño.
Rincones poco conocidos que sorprenden al visitante
Entre los cientos de arcos y balcones que la rodean, se esconden detalles curiosos que pasan desapercibidos para buena parte de los visitantes. Uno de ellos se encuentra en el Arco de Cuchilleros, donde la pronunciada escalinata que desciende hacia la Cava de San Miguel aún refleja la diferencia de niveles del Madrid más antiguo. Las tabernas que jalonan esa bajada conservan la tradición gastronómica castiza en un entorno en el que el bullicio moderno convive con la memoria del Madrid de los oficios.
Pocos saben que bajo los soportales existen restos de antiguas galerías y almacenes que en su día sirvieron para guardar mercancías o refugiarse de las inclemencias del tiempo. En algunos locales del perímetro todavía pueden apreciarse bóvedas de ladrillo y muros originales, vestigios de una plaza que nunca ha dejado de reinventarse. Estos espacios subterráneos, aunque no abiertos al público en su mayoría, aportan una dimensión poco visible a uno de los rincones más transitados del país.
Otro detalle curioso lo protagoniza la estatua ecuestre de Felipe III, situada en el centro desde el siglo XIX. Durante años se contó que en su interior se acumularon restos de pequeños animales que entraban por una abertura en el hocico del caballo, lo que obligó a sellarla. La anécdota, confirmada tras su restauración, se ha convertido en una de las historias más comentadas entre los guías locales. Estos pequeños relatos aportan un matiz humano y casi doméstico a la grandeza monumental de la plaza.
La Plaza Mayor continúa siendo un símbolo inconfundible de Madrid, pero conocer sus curiosidades y secretos permite mirarla con otros ojos. Lejos de ser solo un escenario turístico, es un espacio donde se entrecruzan las capas del tiempo y la vida cotidiana del centro urbano. Descubrir sus rincones menos evidentes y su historia profunda no solo enriquece el paseo por el corazón de la capital, sino que ayuda a comprender mejor cómo se ha forjado la identidad madrileña.

